Reflexiones sobre Juan, "el último profeta"
Alfonso Alegre
29 - Marzo - 2012

Muchas veces los creyentes nos sentimos identificados con Juan, predicando en el desierto

     “Hubo un hombre enviado por Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz…” - “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre” (Evangelio de Juan 1:6, 14).

     Tras 400 años de silencio profético y tras miles de años de espera en la promesa de un Rey, un Libertador, uno que acabaría con el caos y la desigualdad, la injusticia y el estigma mortal del pecado, algo se movió en el mundo de los hombres y en el Universo de Dios. En un pequeño rincón del mundo, algo extraño y misterioso, sucedió. Algo que trastocó la vida de algunos de sus habitantes y aún de personas de lejanas tierras de Oriente. Señales en el Cielo, movimientos y apariciones angélicas, turbación entre los hombres y sucesos extraordinarios y a la vez terribles como el asesinato de miles de niños. “¿Por qué se amotinan las gentes y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la Tierra y príncipes conspiraran contra Jahvé y su Ungido diciendo: Rompamos sus ligaduras…” (Salmo 2). ”La luz resplandece en las tinieblas y las tinieblas no la dominaron” (Juan 1:5).

     Todas esas señales que removieron las plácidas vidas de los gobernantes, religiosos y habitantes de Judea fueron como un volcán que se apacigua y queda dormido en el tiempo sin más efectos visibles. Pero “cuando vino el cumplimiento del Tiempo, Dios envió a su Hijo nacido de mujer y nacido bajo la Ley para redimir…” (Gálatas. 4:4). “Se llenaron de temor todos sus vecinos (de Zacarías) y en todas las montañas de Judea se divulgaron estas cosas. Los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo ¿Quién será este niño? Y la mano del Señor estaba con él…El niño crecía y se fortalecía en espíritu y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (Lucas 1:62-66, 80).

     Dios trabajó en silencio en la vida de su Hijo y… en la vida de un desconocido llamado Juan. Juan era la otra señal de Dios. Su “Gran Arma” para preparar a su pueblo ante la venida y manifestación de su Hijo Amado. Dios escoge a un niño que está emparentado humanamente con su Hijo para que sea su embajador especial. ¿Jugarían juntos de pequeño Jesús y Juan? ¿Pasaron algún tiempo juntos antes de su manifestación a Israel? No lo sabemos pero una cosa sí es segura y es que sus vidas se entrelazan continuamente. La existencia – el nacimiento de ambos es posible por el poder de Dios, el sentido de la vida del Señor y de Juan, sus metas desde que nacieron eran servir a Dios Padre cada uno en su misión, Juan para presentar a Jesús como aquel Mesías esperado y allí donde acaba su ministerio empieza el del Señor como Siervo de Jehová. Su aparición recuerda a la de Elías porque emerge de forma vertiginosa y trastornadora y de hecho el anuncio del ángel a Zacarías su padre le anticipa que vendrá “con el espíritu y poder de Elías” (Lucas 1:17). "En el año decimoquinto del Imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite y Lisanias tetrarca de Abilinia y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan hijo de Zacarías en el desierto. Y él fue por toda la región contigua al Jordán predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados, como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías que dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor” (Lucas 3:1-4).

     Juan es un hombre criado bajo la enseñanza de un padre piadoso y la comunión íntima con Dios en lugares solitarios. A solas con Dios se ha doctorado en afinar el oído y el corazón delante del Señor para convertirse en un profeta del Altísimo. No ha aprendido retórica ni diplomacia pero sí el temor de Dios. No es un hombre a quien le importe la “imagen” ni “caer bien a los demás” pero sí obedecer al Señor. “Juan estaba vestido de pelo de camello, tenía un cinto de cuero alrededor de su cintura y su comida era langostas y miel silvestre. Acudía a él toda Judea y toda la provincia de alrededor del Jordán confesando sus pecados (Mateo 3:4-5). Si bien todos esos aspectos de su apariencia llaman la atención él está más preocupado de centrar la atención sobre su mensaje más que sobre su persona. Y pese a todo ello era un hombre lleno de poder para tocar vidas con la Palabra, para mover a grandes masas y encaminarlas a reorientar sus corazones al Dios Eterno.

     No era un hombre religioso más, sino un hombre de Dios. No era avaro ni egoísta como los fariseos. No buscaba la fama. Vivía una vida diferente, que llamaba la atención y hacía cuestionarse a los demás cosas trascendentales. Su mensaje era distinto. - Su actitud hacia el orden establecido en Israel fue de una condena radical y como botón de muestras son las condenas y apelativos dirigidos a los jefes religiosos de la nación “víboras, el hacha está puesta”. Tampoco da en su mensaje una vital importancia al simple hecho de descender de Abraham (Lucas 3:8). Al igual que Isaías usó el arrepentimiento y la actitud de confesión de pecados como la“buena nueva” que conduce al perdón y a la gracia de Dios.

      Este es el testimonio de Juan cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle ¿Quién eres tú?.... Dijo: ”Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Convertíos, enderezad el camino del Señor” . Aquí se descubre en su faceta profética. Una voz. Uno que habla lo que de Dios ha recibido. Los profetas como otros maestros señalaron que eran portavoces del Eterno, cauces donde la Voz de Dios encontraba eco y resonancia. Fue humilde. Nunca quiso relevancia, nunca aludió a su privilegiada relación de parentesco con Jesús ni se enorgulleció de ser el hijo de un fiel sacerdote.

     Nos dejó tres lecciones de oro para el servicio fructífero de todo aquel que ame al SEÑOR.

     1.- “ES NECESARIO QUE EL CREZCA Y QUE YO MENGUE” (Juan 3:30). Poner a Dios en el trono para destronar nuestro yo viciado y que “lo dilatado de su Imperio no tenga límites en nosotros” (Isaías 9:7).

     2.- DE SU PLENITUD (la de CRISTO) TOMAMOS TODOS Y GRACIA SOBRE GRACIA (Juan 1:16)

     3.- NADA PUEDE RECIBIR EL HOMBRE SI NO LE FUERE DADO DEL CIELO (Juan 3:27).

     Sabía para qué había nacido, para qué había sido enviado, cuál era su lugar y su tiempo. “Yo bautizo con agua pero el que viene tras de mí, cuyo calzado no soy digno de desatar es más poderoso que yo” (Mateo 3:11). Su ministerio fue rápido y fugaz como el de aquella estrella que anunció la venida de su Hijo, pero su poso, su influencia, su fidelidad quedó y sirvió a otros para conocer a su Mesías. No en vano algunos de sus discípulos llegaron a ser los discípulos del Señor Jesús (Juan 1:35-37).

     Su final se asemeja como en su nacimiento y ministerio al final del Señor. Un nacimiento que conmovió, un ministerio que arrastró a gran número de gentes y un final abrupto y cruel. Juan se definió como una voz que clama pero el Señor fue más allá en su análisis sobre el ministerio de Juan: “¿Qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí os digo y más que profeta. Este es de quien está escrito: Yo envío mi Mensajero delante de tu faz el cual preparará tu camino delante de mi. Os digo que entre los nacidos de mujer, no hay mayor profeta que Juan el Bautista” (Lucas 7:28).

     Como la Palabra enseña Dios honra a los que le honran y el Señor dejó muy claro que aunque ante los ojos del mundo aquel hombre rudo desaliñado y raro era un claro ejemplo de persona desubicada, fundamentalista y radical, para el Señor Juan era uno de los grandes de los cuales el mundo no era digno (Hebreos 11:38).

     ¿Qué nos enseña todo esto a nosotros? ¿Para qué nos sirve?

      “Una voz que clama”. ¡Qué tarjeta de presentación más adecuada en un tiempo donde abundan tanto las etiquetas denominacionales y los estereotipos! Voces que claman en el desierto o en el río, en una plaza o en un rincón, a grandes multitudes o una única persona, de una condición o de otra…. el mensaje de Dios. No importan tanto nuestros nombres y personalismos sino Dios y su Voluntad. Importa Dios y la misión que nos ha encargado. Y el mensaje no ha cambiado sustancialmente: Arrepentíos y creed en Jesús como el Señor y SALVADOR designado por Dios. Arrepentíos porque el Reino de los Cielos se ha acercado. Arrepentíos y creed en el evangelio para salvación y perdón de pecados.

     Si el mensaje no ha cambiado ¿seremos nosotros los que sí que hemos innovado con respecto al ministerio de Juan? ¿Será que nosotros no estamos convencidos de la idoneidad y poder del mensaje que se nos ha confiado? ¿Será que no hemos afinado el oído y no hemos sido entrenados a solas con el Señor en una comunión viva y profunda para emprender nuestra responsabilidad? ¿Será que a nosotros sí nos importa la imagen o la diplomacia y no quedar excluidos del conjunto de la sociedad? (La imagen y la diplomacia no son malas en sí mismas mientras no nos lleven a sacrificar el mensaje) ¿Nos importa que nos tachen de fundamentalistas aún cuando estamos seguros de que se nos demanda en la Palabra una posición a defender en relación a la verdad?

     Una cosa es cierta. Juan predicó “Arrepentíos de vuestros pecados y volveos a DIOS” y con ello nos muestra los pasos a seguir para ser buenos mensajeros y testigos:

     Primero, revelar el pecado de los hombres, señalarles su indignidad, su culpabilidad, su depravación como antesala del juicio de Dios para que antes de volverse a Él en súplica por misericordia, adopten una actitud humillada de confesión y contrición como la del publicano de la Parábola de Jesús.

     Segundo, Ir a Jesús en una actitud de súplica y de necesidad sentida y reconocida.

     Tercero, otro aspecto muy importante que debemos aprender de Juan el Bautista es que él preparó el camino del Señor y nosotros tenemos que preparar a aquellos que no conocen a Jesús para llevarle a Él. Hemos de revelarles su necesidad, hemos de anunciarles su Voluntad y Mensaje y hemos de urgirles a que no demoren su decisión de rendirse a Él para su propia salvación y perdón.

     Cuarto, pero además de Juan aprendemos, que es importante el fruto más a aquellos que profesen el arrepentimiento, hemos de enseñarles que ninguna conversión se queda en simples o frías palabras si no van acompañadas de un cambio de conducta y vida y si no tienen un fruto que evidencia que le hemos conocido y que nuestra comunión es con el Padre y su Hijo Jesucristo por medio del Espíritu Santo con el que Cristo bautiza a los que son suyos (Lucas 3:10-14).

     A nosotros también ha venido la Palabra y se nos ha encomendado un mensaje. ¿Cómo lo estamos comunicando, revelando y extendiendo? Somos testigos de Cristo. Si no es en el poder del Espíritu Santo no lo estaremos haciendo adecuadamente y me temo que es así por los escasos resultados obtenidos (Dios nos perdone). Juan aprendió bien las lecciones importantes en la soledad de la Presencia de Dios, el temor a Él, la obediencia y fidelidad a su Palabra, la humildad y la inteligencia de saber cuál era su lugar, sus dones y su misión en medio de los vastos propósitos divinos y fue fiel.

     Que el SEÑOR nos ayude a imitarle a él y a toda esa “grande nube de testigos” que nos sirven de referencia y a los que se refiere el autor de la Epístola a los Hebreos para correr con paciencia la carrera que tenemos por delante (Hebreos 12:1-4).

     Que a El Señor Jesucristo sea toda Gloria. Amén.





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