Vidas para Cristo
08 - Febrero - 2012

Phillip Kistner

     Un hombre estaba sentado a mi lado en un banco y presentaba un estado lamentable. Era un buen cliente de nuestra fábrica de bebidas. Cada día se presentaba a la misma hora y compraba una cerveza, la cual bebía en el mismo banco. No parecía un hábito placentero, por las frases que siempre repetía: “Oh si pudiese volver a comenzar de nuevo...“

     Palabras que repetía una y otra vez. A mí, un chaval de 12 años, estas palabras se me quedaron para siempre grabadas. En los años posteriores tomé la decisión de no acabar así, triste y roto. Yo me habia propuesto empezar de la mejor forma posible, en busca de “la verdadera vida“. Así que decidí buscarla en los subidones de adrenalina... en el mismo momento en que nació mi fanatismo por las motos, empezando con la moto de mi hermano mayor. Con 8 años ya soñaba con tener una propia. Estudiaba sus revistas con este deseo y así, a los 16 llegó el tiempo que cumpliría mi deseo. Con mi padrastro fui a Munich para repartir las bebidas y a comprar una Yamaha 250.

     Durante los tres años de mi aprendizaje en Munich como Quemigráfo, me relacioné con los mas diversos tipos de diferentes grupos sociales. Cambié los trajes típicos bávaros por una chaqueta de cuero y botas de vaquero. En vez de la música tirolesa buscaba los garitos de la escena hard rock de Munich. Pero llegé a la conclusión de que lo que buscaba no debía de encontrarse en ninguno de los sitios en los que había estado.

     El aprendizaje acabó y a partir de ese momento quise dedicar todo mi tiempo a la búsqueda de “la verdadera vida”. Aunque no me gustaba el tema de viajar mucho, ya me habia movido mucho con mi cuarta moto por el sur de Europa. Algunos meses del año los pasaba trabajando para asegurarme las finanzas de los viajes. Sin embargo volvía casi siempre decepcionado de gran parte de los viajes y caí en una depresión.

     En este punto cabe destacar que una vida normal, como: tener una casa, un trabajo regular, una carrera laboral, un matrimonio y tener hijos...no me interesaba en absoluto.

     Con uno de mis hermanos mayores planeé un viaje a Canadá. Para él ya estaba claro que se quedaría a vivir y que no volvería, ya que solo veía un posible futuro alli. Yo no lo tenía tan claro como él. Al llegar a Canadá tuvimos nuestros primeros problemas. Mi aspecto, una mezcla entre punk y neonazi vagabundo, no era nada agradable para los funcionarios canadienses. Después de varias semanas en la costa este nos separamos y él se compró allí un terreno. Yo en cambio decidí hacer un viaje en autostop por todo Canadá, para conocer el pais al máximo posible, por si encontraba lo que andaba buscando. Tambien estuve trabajando como leñador en zonas del país, que solo eran accesibles mediante avión y en las grandes ciudades dormía en bancos y parques o en mi tienda de campaña.

     Un matrimonio se apenó de mí y me llevó en coche a un edificio del Ejército de Salvación, pero al cabo de poco tiempo volví a seguir mi propio camino. Lo peor para mi fue el no poder apreciar el paisaje canadiense que habia visto. Necesitaba saber mas del sentido de la vida y deseaba poder averiguarlo antes de llegar al oeste de Canadá.

     Un día hasta pensé haber encontrado la paz, que añoraba, en la cabaña solitaria de un austriáco que vivía solo, al lado de un enorme lago. Alli tenia una barca, mi bosque y todo el lago para mi solo. No habia nadie que me molestase - lo que supuso el mayor problema depués de un tiempo. Por suerte desistí de aquel sueño, tras encontrar a un indio con problemas mentales, que habia tenido un estilo de vida parecido por mucho tiempo. Llegado a este punto decidí no seguir ese estilo de vida.

     Otra clase de experiencia que me hizo acabar con este sueño fue integrarme en una comuna de personas que llevaba una vida alternativa. Esta forma de vida sólo logró asquearme al cabo de poquísimo tiempo.

     Habia una zona de la carretera sobre la que se me advirtió de que no era poco frecuente que encontrasen a algún extranjero como yo, muerto al borde del camino. Pero la muerte no era lo que me asustaba. El fin de mi trayectoria estaba acercándose: Vancouver. Tenía la esperanza de encontrar algo transcendental.

     Mi próximo paso sería subir a un barco con destino a Alaska. Pero despues de 24 horas de viaje, en una ciudad canadiense, cansado, lo único que deseaba era comprarme una botella de Whisky. A la mañana siguiente de emborracharme, desperté demasiado tarde y solo pude ver como se alejaba mi barco a Alaska hacía el horizonte. Ya solo me quedaba una solución. Volver a Alemanía. La verdad es que me aterrorizaba la idea y durante todo el viaje de vuelta solo pude pensar en los viajes que haría después de volver a mi tierra.

     Mi próximo destino sería Australia.

     Para no perder el tiempo, que tanto me importaba, pensé en “pedir” el dinero necesario al banco. La forma no sería la cotidiana. Ya habia conseguido un arma y los horarios del banco, y solo faltaba la decisión. El concepto era perfecto y yo veía en ello un “exito garantizado“. Hoy en día me siento aliviado de no haber tomado ese camino. Gracias a una moto que todavía me pertenecía, pude reunir la suficiente cantidad de dinero para no convertirme en un atracador de bancos.

     Antes del viaje me deshice de lo que habia dejado en mi piso y durante la limpieza tuve que fijarme en una estampa que había en la pared: representaba a Jesucristo. ¿Quién sería tal personaje...? En aquel momento recordé una etapa de mi infancia, cuando había sido hecho responsable en la clase para hacer un encargo de Nuevos Testamentos. ¿Pero en donde habia dejado yo ahora aquel librito?

     Lo estuve buscando en casa de mis padres y tuve éxito. Los días después de encontrarlo, pasé mucho tiempo con colegas a las orillas de un río, en donde fumabamos y bebíamos, mientras que yo leía en mi librito. Y lo que leía me conmovía de forma bastante profunda, pero al no tener a nadie con quien hablar, quedaban muchas preguntas sin respuesta... Una de ellas era, por ejemplo: el mandamiento de amar al prójimo. En cuanto a lo referido al perdón yo no tenía excusa alguna. Las palabras que habia dicho Cristo, se referían a mi.Las palabras de Cristo: “¡Arrepentíos!“ Se referían claramente a mi.

     El día del viaje llegó, pero también otro correo. El cartero me entregó dos cartas, una de ellas contenía los billetes del viaje y en la otra, habia una citación para la mili alemana. Asi que, me despedí de mi familia y de Alemánia, con el propósito de no volver nunca más. Me dirijía a Australia para encontrar algo que mereciese la pena y en caso de que no existiese, ya habia decidido suicidarme después del viaje.

     En mi butaca del avión, con el libro en manos, tuve que secarme las lagrimas derramadas, debido a toda mi confusión. No pude comer durante todo el viaje. Las azafatas mostraron su preocupación por mi desgana y el ayuno que decidí hacer, pero al único al que pude abrirle mi corazon en todo el tiempo del viaje, era Aquel que dice de sí: “venid a mi todos los que estáis cargados...”. Decidi orar de esta forma: “Jesucristo, si vives y me ves, si me invitas, entonces guía mi camino durante el tiempo en Australia“.

     Aterricé en Sidney y pasé la primera noche en la playa. Estaba destrozado, tanto fisica como psíquicamente. Sin fuerzas para continuar mi búsqueda grité a Dios desde lo mas profundo de mi ser, para que Él me ayudase.

     Al dia siguiente, sentado en el banco de un parque, leyendo mi librito, vino una pareja de jovenes. Estos me preguntaron, si me podían ofrecer algo para leer. Rechazé la oferta, indicándoles, que ya tenía algo que leer. Aún asi, no dejaron de preguntarme, hasta que les dije qué era lo que tenía entre manos. Les enseñé el librito y éstos no pudieron mas que sonreír. Me invitaron a ir con ellos ya que conocían a otra pareja de alemanes, a la que me querían presentar. Haciendo memoria de mi oración, acepté, pensando que ésta se habia cumplido. La pareja me trató super amable y no tardé mucho tiempo en darme cuenta de que eran “Testigos de Jehová”, que querían que me hiciese miembro de su asamblea.

     Estuve entre ellos algun tiempo, observando atentamente todo lo que hacían y como lo hacían. Durante toda una noche presencié un espectáculo de jóvenes, que trataba de representar lo que habian aprendido estos chicos. La representación tenía como tema central el “Cómo convencer a alguien en la puerta de su casa de las creencias de los Testigos de Jehová“. Durante el teatro estuve concentrado en el rol de la persona que iba a ser convencida, y realmente no me convencía en absoluto lo que le estaban proponiendo. Los Testigos me habian conseguido un trabajo pero rechacé, porque yo sabia que mis problemas no se solucionarían de esta forma.

     Las cuestiones más importantes para mí rondaban la persona de Jesucristo, su muerte, su nacionalidad, el pueblo de Israel y su excepcional historia. En los diálogos privados con los Testigos, tuve muchas preguntas que ellos no fueron capaces de responderme de forma satisfactaoria, por lo que me distancié cada vez más de ellos hasta dejarlos por completo.

     A altas horas de la noche, alcancé una ciudad llamada “Wagga Wagga“. En ella busqué un parque, en el que pudiese pasar la noche. Cerca había una casa iluminada de la que salían cantos y voces. Curioso, decidí acercarme algo para ver lo que hacían. Ellos me descubrieron y me invitaron agradablemente a que pasara. Para fingir mi curiosidad, pregunté por una pensión en los alrededores donde pudiera dormir. Pero ellos me llevaron enseguida a una amplia habitación, indicándome a que me hospedara allá con los trabajadores.

     Visité a la familia que me habia invitado. La madre me confrontó con muchos temas relacionados con la espiritualidad y la religiosidad. Lo que más me sorprendió de aquél grupo era su trato fraternal, como si todos ellos realmente fuesen una sola familia, y la música que hacían. Sus textos, sus palabras “Dios te ama“, me alegraron y dieron calor a mi corazón. Al cabo de un tiempo hubo un problema y yo perdí mi fe. Comprendí que Dios no iba a ensuciarse las manos por mí...”

     Decepcionado tomé la dirección a la capitál. En Canberra no hablé durante una semana con ninguna persona, pero alejarme de mis propias voces y la de Dios era imposible. Había una agradable sensación de gratitud. Empecé a ver la belleza que albergaba la naturaleza que me rodeó. ¿Habia orado alguién por mí? Este período de descanso me dio fuerzas para continuar.

     En la próxima ciudad encontré una iglesia cristiana con un pastor brasileño. Con mi Biblia en las manos tomé asiento en sus filas. Gracias a mi librito no dedujeron que yo no era uno de ellos y así no hubo preguntas. De este modo, yo podía observarles tranquilamente.

     Esta iglesia supo sorprenderme aún más. Un domingo me invitó una familia con cinco hijos a pasar la tarde con ellos. El ambiente era muy agradable y la música me volvió a tocar profundamente. Algunas horas del día me retiraba a “digerir” lo leído y/o escuchado. En estas introspectivas comprendí realmente que me había hecho culpable delante del gran Dios, creador de todo lo que conocemos, pero tambien delante de los hombres. Por otro lado tambien comprendí que Dios me ofrecía el perdón de mis pecados, Él quería hacer un nuevo Felipe de mí, Él tenía un plan y un futuro para mí.

     En oración acepté su oferta del perdón de mis pecados y, por primera vez en mi vida, encontré paz en mi interior por lo que Él habia dicho en su palabra: la Biblia. Me deshice de mis cosas y continué mi camino, sabiendo que Él habia tomado las riendas de mi vida a partir de ahora.

     Lentamente volvían a mi memoria los recuerdos de Alemania. Allí me buscaba la policía militar por no haber ido a la mili. Yo me sentía responsable de ello y quise obedecer a Dios y compartir con todos, en especiál con mi familia, la paz que había experimentado. Así que fui a una agencia de viajes y compré un ticket para un viaje a Munich. Los pocos días hasta mi salida estuve en Sidney, donde me bauticé en una piscina de un centro de Squash e hice así oficial mi pertenencia a Cristo.

     De regreso a Alemania me entregé a la policia y acabé en una celda con otros cinco presos. Cuando éstos iban a ver la tele, yo continuaba sentado en la celda y conversaba con los demás presos sobre la fe y Jesucristo. Uno de los presos me contó que le quedaban todavía seis años de cárcel. Se había convertido a Jesucristo hacia unos años pero no podía soportar las consecuencias...¿me pasaría a mi lo mismo? ¿Era la fe algo esporádico? ¿algo que no podría soportar o algo que no sería capaz de vivir por mi propia maldad? Durante tres semanas de oración pedi a Dios que mi sentencia fuese leve. Al día siguiente ¡me felicitó el juez por mi buena conducta y por no tener antecedentes en mi documentación! Ya sólo me quedaron tres meses de cárcel y un tiempo de libertad condicionál. Me hubiera encantado poder volver a Australia, ya que me hacía mucha falta la compañía de los cristianos que habia conocido allí, aunque también había llegado el momento de encarar a la familia, que había dejado atras.

     Ellos notaron la diferencia en mí y reaccionaron de forma sorprendente. Una de mis hermanas iba a un encuentro de jóvenes cristianos desde hace unos meses y había tomado la decisión de entregar su vida a Jesucristo. Así, animado por todo esto, me uní a este grupo de jóvenes y encontré una familia espiritual. Además así pude profundizar mis conocimientos de la palabra de Jesucristo.

     Este cambió produjo en mi el deseo de ir aún más lejos. Por ejemplo, me hizo sentir la necesidad de confesar al dueño de una tienda de armas, al que habia robado, lo que le había hecho. Lo único que quiso saber el tendero a cambio de mi confesión, a modo de retribución, fue el que le diese un motivo. Las heridas del pasado se cerraban y las nuevas crisis de mi vida fueron superadas. ¡Completamente sin drogas! El hecho de ser amado por el creador del universo me hacIa feliz.

     Mi madre se fue dando cuenta de todo esto. La Palabra de Dios hizo que ella se decidiese tambien por Él y así quemó los libros de astrología que había amado tanto. Mis hermanos también notaron la diferencia y desde entonces viven con Cristo.

     Durante 15 años estuve en España, viviendo con mi mujer y mi hijo, para compartir con los españoles el Evangelio de Jesucristo. Yo me veo como a alguien que puede transmitir la oferta de Cristo, que yo había recibido hace tantos años. A las personas satisfechas o vagas quisiera animarlas a buscar en la Palabra de Dios para encontrar la verdad. La vida verdadera.

     Philipp Kistner 1956 – 2008

Escrito por María y Paul Kitstner




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