El Buen Pastor
14 - Diciembre - 2013

     Había una vez un Pastor que cada día salía con sus ovejas para que pudieran obtener su alimento, y siempre las llevaba a los mejores pastizales que había, según la época del año, pues conocía muy bien todos los prados y sabía cuál de ellos era el que mejor iba a alimentar a su rebaño cada día; en definitiva, sabía lo que sus ovejas necesitaban en todo momento.

     El Pastor observó que desde hacía algún tiempo habían brotado en algunas partes de aquellos prados unas plantas, las cuales sabía que eran venenosas. Estas plantas tenían unas flores muy llamativas, bonitas y olorosas. También notó como al pasar con su rebaño por donde estaban estas plantas, algunas de sus ovejas se las quedaban mirando y por algunos instantes, parecía que querían detenerse y acercarse a ellas pues resultaban muy agradables a su vista, e incluso algunas pensaban que tal vez fueran también un buen alimento. El Pastor, cuando se daba esta situación, voceaba a las ovejas tratando de apartarlas de allí, advirtiéndolas de aquella manera que las plantas, por muy bonitas y llamativas que fueran, no eran buenas para comer.

     Había una oveja muy tozuda que, a pesar de las advertencias del Pastor, de las regañinas y de las voces, seguía cada día admirando y pensando en lo deleitoso que podría ser comer aquella planta. Hasta que un día desobedeciendo al Pastor, fue y comió de la planta, y ¡Sorpresa!, pensó ella, “¡Cómo es que el Pastor no nos deja comerlas, si están buenísimas!, y se quedó en aquel lugar comiendo aquel suculento manjar.

     La oveja, por supuesto, tampoco hizo caso de otras ovejas del rebaño que, con sus balidos trataron de persuadirla e insistiendo que siguiera con ellas.

     Cuando el pastor llegó al redil comenzó a contar las ovejas y vio que le faltaba una de ellas. Entonces dejando a todas las demás se fue corriendo a buscar la que le faltaba, pues ya caía la noche.

     La oveja tozuda después de estar un buen rato comiendo aquello tan jugoso, comenzó a encontrarse mal y cuando intentó buscar su rebaño y a su Pastor ya era tarde; se habían marchado. Entonces salió corriendo tratando de orientarse, para encontrar el camino a casa. Al rato comenzó a dar tumbos y por momentos perdía la vista hasta tal punto que después de dar muchas vueltas comenzó a recapacitar y a reprocharse su actitud al desobedecer a lo que cada día les decía el sabio Pastor; reconocía que ella era la que se había buscado esta situación por ser tan tozuda. Pensando en su situación la oveja perdía por momentos la conciencia hasta que se quedó dormida debido al agotamiento. Al poco tiempo la despertaron unos aullidos que, para ella, eran de sobra conocidos. En otro momento, bajo la protección de su Pastor, no la hubieran inquietado pero en este momento sabía que eran presagio de muerte. Se acordaba cuando estaba con el resto del rebaño y oían esos aullidos y aparecían esas malas bestias, todas ellas sabían qué tenían que hacer y rápidamente corrían a reunirse con su Pastor, formando un círculo todas juntas apretadas y el Pastor dando gritos y amenazándoles con la vara hacía huir a aquellas fieras y después, pasado el peligro seguían comiendo y correteando por el verde prado.

     ¡Qué distinta era su situación ahora! No estaba el Pastor que tanta confianza le daba y tampoco sus hermanas, las otras ovejas, que todas juntas apoyaban.

     Los lobos cada vez estaban más cerca, sus aullidos la hacían temblar. La oveja acurrucada tras un pequeño montículo sólo esperaba que de un momento a otro aparecieran y acabaran con su vida.

     El buen Pastor viendo que el tiempo de luz que quedaba era corto y conociendo el lugar y los peligros que en él había, corría todo lo que podía, pues para Él cada oveja era muy importante, todas tenían un gran valor. Las conocía una a una, sabía sus gustos y sus manías, sabía a la que le gustaba comer la hierba más verde a la que le gustaba un poco más seca, sabía cuál era más juguetona y cuál más seria, sabía la que era más remolona y cuál más espabilada a la hora de entrar o salir del redil; podía reconocer a cada una de ellas con los ojos tapados, por sus balidos o por el ruido de los pasos al andar y las quería a todas por igual con sus virtudes y defectos.

     De ésta concretamente, recordaba el día que nació y de cómo ya de pequeña vio que iba a ser un poco complicada de dominar, y de hecho una de las que se metía en más complicaciones, pero esto de hoy, se decía, es algo mucho más serio. Pero a pesar de ello Él la amaba en su corazón.

     Ya todo se ha acabado, pensó la oveja cuando vio aparecer a las bestias en lo alto del montículo donde estaba cobijada. Nunca los había visto tan de cerca, eran horribles, con las fauces abiertas y preparados para darle la dentellada final.

     Pero cuando los lobos estaban prestos a abalanzarse sobre ella, oyó una voz que conocía muy bien y que era la voz más maravillosa del mundo, que la llenó de gozo y alegría. Los lobos también oyeron la voz pero en éstos tuvo el efecto contrario, ya que en esa voz reconocieron a aquel Pastor que con tanta fuerza y celo cuidaba de su rebaño. Él era el Buen Pastor.

     El Pastor cogió su oveja, la acarició, le sonrió y le dijo: ¡Vámonos a casa! Y cogiéndola sobre sus hombros volvió con ella al redil.

     ¡Qué bueno es perteneces al rebaño de Jesús, el Divino Pastor, el Buen Pastor, el Todopoderoso, el Amor, pues nos ama con amor incondicional! Él me ama y te ama tal como somos. Él dijo, mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco y me siguen y nadie las arrebatará de mi mano (Juan 10:27-30). Siguiendo a Jesús siempre estaremos seguros. No debemos apartarnos del camino, pero si nos perdemos, si nos entretenemos con las cosas que el enemigo nos pone delante de nuestros ojos, podemos apartarnos del rebaño, podemos perdernos. Pero aunque esto suceda nuestro pastor, el Buen Pastor, irá a buscarnos dejando las otras 99 que no se perdieron (Lucas 15:1-7). Él nunca nos abandona, nunca dejará de amarnos, con Él estamos siempre seguros porque si Él es por nosotros quién contra nosotros. Nuestra desobediencia nos traerá siempre malas consecuencias por lo cual aseguramos que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles ni potestades ni lo presente ni o porvenir ni ninguna cosa creada podrá separarnos del amor de Dios que es en Cristo Jesús. Él dice que es la Puerta y que el que por ella entrare, saldrá y hallará pastos. No debemos pensar que la comida, el pasto que Él nos da es cualquier pasto. El alimento que el da a sus ovejas es el que más nos conviene. (Juan 10; Mateo 12: 2)

     ¡Confía en el Buen Pastor!





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