Ministros de un nuevo pacto
11 - Marzo - 2013

La ciudadanía celestial trasciende las fronteras terrenales y su condición es eterna

     El Señor dijo a Nicodemo: el que no naciere de nuevo no verá el Reino de los Cielos.

     ¿Recuerdas aquel día cuando arrepentido de tus pecados aceptaste la gracia salvadora de Jesucristo? En ese instante de ese grandioso día entraste a formar parte de un nuevo pueblo y de un nuevo reino: el pueblo de Dios. Filipenses 3:20 dice, que nuestra ciudadanía está en los cielos aunque sigamos aquí en la tierra. Luego sabemos que ahora formamos parte de un nuevo pueblo, que no es cualquier cosa, pues para formar parte de este pueblo, algo que no merecíamos, nuestro Señor Jesucristo pagó un alto precio por esta nueva ciudadanía.

     Sabemos lo difícil que es a veces que a alguien que es extranjero se le conceda la ciudadanía del país donde está; ciudadanía que más tarde o más temprano perderá. Pues si resulta difícil obtener una ciudadanía terrenal y pasajera, más difícil y costosa será una ciudadanía celestial y eterna. Nuestro Señor Jesucristo pagó ese precio para que tú y yo pertenezcamos a ese pueblo, a ese Reino.

     Si ya perteneces a este reino da gloria a Dios, pues tienes el mejor y más valioso regalo que te podían hacer en esta vida. Si aún estás buscando o tienes dudas de si estás en Él, no dudes más, pues sólo en Cristo encontrarás la respuesta definitiva.

     Dice la Palabra de Dios en primera de Pedro 2:9 “Más vosotros sois linaje escogido; real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para anunciar las virtudes de Aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable”. Dios nos ha escogido en Cristo para que primeramente seamos salvos, rescatados de la condenación que merecíamos por nuestros pecados, pero también para que seamos lo que nos dice por medio de Pedro, o sea: real sacerdocio, nación santa, y pueblo adquirido por Dios comprado por la sangre preciosa de Jesucristo.

     Pero también se nos dice algo más en este mismo pasaje, no ya de lo que somos, sino de lo que hemos sido llamados a hacer, y lo que debemos hacer es anunciar las virtudes del que nos llamó y nos rescató de las cadenas del pecado.

     Si ya tenemos claro que por el sacrificio de Jesucristo y por la gracia de Dios formamos parte de su pueblo veamos ahora cómo funciona o debe funcionar ese pueblo.

     Todos los pueblos o naciones tienen un rey o un presidente el cual es la cabeza. No hay ninguna duda de que en este pueblo al que pertenecemos, el rey, el presidente no es otro que el Señor Jesucristo. Él es quien gobierna a su pueblo y esto lo hace a través del Espíritu Santo.

     Cuando se constituye un nuevo gobierno, el presidente escoge y nombra a los diferentes ministros, para que desarrollen su tarea ministerial, de esta forma la tarea de gobierno queda dividida en partes. En Efesios 4:11 dice que el mismo Señor Jesucristo, constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros.

     En este reino en el cual hemos sido admitidos, y no sólo esto si no que también hemos sido hechos hijos del Rey, Jesucristo ha repartido sus diferentes ministerios. ¿Acaso pensamos que nos hemos quedado fuera del reparto? Leamos lo que nos enseña en el evangelio de Mateo 25:14-15 de acuerdo a esta parábola tanto a ti como a mí se nos ha dado una tarea y con ella todo lo necesario para desarrollarla. Dios nos ha dado talentos según nuestra capacidad y como vemos ninguno de los tres personajes de la parábola se quedó sin su talento. Pongamos nuestros talentos (que no son nuestros) al servicio de Dios y de los demás.

     Decía Pablo en su primera carta a Timoteo 1:12 que daba gracias a Jesucristo porque lo tuvo por fiel y le puso en el ministerio. Pablo recibió el ministerio de llevar el evangelio a los gentiles, qué gran responsabilidad y qué gran fortaleza la que reconocía recibir de Jesucristo; seguramente a nosotros no se nos pedirá ejercer un ministerio de tal envergadura pero vemos como Pablo que siendo un hombre ni más ni menos que como nosotros cumplió la tarea y que a pesar de todas las dificultades y penalidades sufridas, un día pudo decir: he acabado la carrera, he guardado la fe, he peleado la buena batalla (2ª Timoteo 4:7). Luego entonces, ¿cuál es el ministerio al que todos somos llamados?

     En 2ª Corintios 5:18-19 dice que Dios nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación y que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Dios y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Tú y yo tenemos al menos este ministerio para cumplir, y llevar y sembrar la buena semilla de la Salvación. A veces estamos esperando que nos digan qué debemos hacer pero Dios ya nos lo dijo.

     En 2ª Corintios 9:16-17 Pablo tenía muy claro que aunque predicaba el evangelio de buena voluntad sabía que también le era impuesta necesidad de hacerlo.

     Ahora bien, este ministerio, esta tarea que el Señor nos ha mandado no podemos hacerla con nuestras propias fuerzas, Él nos manda a predicar el evangelio pero nos dice y así nos lo deja muy claro por medio de su Palabra en 2ª Corintios 3:2-6 que nuestra competencia viene de Él mismo, no que nosotros seamos competentes por nosotros mismo para pensar algo si no que nuestra competencia viene de Dios.

     Querríamos ver cómo cuando hablamos a alguien del evangelio la persona al instante se convierta a Dios pero la mayoría de las veces no ocurre así sino al contrario. ¿Cuántas veces debemos hablar del evangelio para que alguien se convierta? Yo diría que siempre una vez más. Necesitamos la paciencia que Dios nos da para esperar y ver el fruto, si es que Dios quiere que lo veamos nosotros, pues pudiera ser que lo que el Señor sembrara por medio de nosotros no lo llegásemos a ver hecho fruto, en 1ª Corintios 3:6 Dios nos dice que uno puede ser el que plante y otro el que riegue pero el crecimiento dependerá de Él.

     Necesitamos paciencia y sembrar en fe sabiendo que el milagro de la conversión está en manos de Dios y que Él quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen al conocimiento de la verdad. (1ª Timoteo 2:4). Nuestra tarea y obligación es sembrar. He aquí algunos textos que nos ayudarán y alentarán para no desmayar. Isaías 55: 10-11 “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, (11) así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”. ¡Qué gran aliento nos deben de producir estas palabras de nuestro Dios a todos los que obedeciéndole y elevando nuestras voces en medio de tantas otras, anunciamos que en Cristo y sólo en Cristo hay esperanza para el hombre pecador! Sabemos que cada palabra que sale de la boca de Dios no vuelve a Él vacía si no que hará lo que Él quiere y será prosperada en aquello para lo que la envió. Tú y yo somos las voces con las que el Señor ha querido hacerte partícipe de la extensión de su Reino.

     De acuerdo a lo que dice la Palabra de Dios en Romanos 10:13-15 tú y yo podemos testificar la veracidad del versículo 13 (si es que has invocado a Dios en Cristo para perdón de pecados y para salvación) pues para que esta palabra pudiera hacerse realidad en nuestras vidas hubo alguna persona o personas que en obediencia a Dios nos anunciaron las Buenas Noticias y el mismo Dios que les envió a ellos nos envía a nosotros.

     Pongámonos en manos de nuestro Dios y Señor y cumplamos este ministerio que nos ha dado, y nunca nos tengamos por poca cosa (eso es lo que Satanás quiere darnos a entender) pues tú y yo valemos mucho para Dios, tanto como para que entregara a su amado Hijo Jesucristo para pagar nuestro rescate y librarnos del castigo que merecíamos.





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