Ni siquiera la pedrea
13 - Diciembre - 2012

La lotería ocupa las esperanzas de una gran multitud de personas que ansían cambiar su vida

     Se acerca la Navidad, época en la que una minoría de la sociedad española se llena de la ilusión que produce festejar y recordar el nacimiento de Jesucristo, en contraposición con la gran mayoría que vuelca su atención a los regalos, las vacaciones, las comilonas, y sobre todo, la ilusión que les produce la esperanza de que les toque la lotería más importante del año: El sorteo de Navidad.

     Otro año más, y pese a que la recesión que vive España ha dejado a una gran parte de la sociedad sin un duro y con el agua al cuello, las personas gastan importantes cantidades de dinero para por jugar a la lotería del “Gordo de Navidad”. Muchos, juegan de forma impulsiva a medida que el sorteo se aproxima, pero otros lo planifican con mucho tiempo y aparte de comprar sus décimos en su localidad, si se enteran de que un amigo se va a la otra punta del país también le piden que les compre otro allí. La lotería es de las pocas cosas que no entiende de crisis.

     La superstición en los días previos aumenta hasta límites increíbles… y se oyen comentarios de todo tipo: “¡Yo no rechazo nunca un décimo! Si me lo ofrecen lo tengo que coger, no vaya a ser que toque el que he rechazado, y luego…”. Otros compran siempre el mismo número: “Al principio jugué a este número porque coincide con la fecha de mi cumpleaños… y después de jugar varios años al mismo número. Ahora, ya no me atrevo a dejar de cogerlo no vaya a ser que toque. Así que cojo ese y otros al azar para ver si toca.”

     El negocio de la lotería se basa fundamentalmente en dos elementos: poder cambiar de vida y una combinación de miedo y envidia de que le toque a tus conocidos y a ti no. Las personas de esta forma se esclavizan y se atan a una superstición, cuya probabilidad de que toque el premio que verdaderamente puede cambiar la vida material de una persona, es de 1 entre 100.000… UNA ENTRE CIEN MIL PROBABILIDADES. Con todo, alguno, se quedará interiorizando este dato abrumador y concluirá de la siguiente manera: “¡Si!... ¡Pero hay una!”. Ante alguien que esgrime una argumentación tan “elocuente”, poco se puede decir.

     La fuerza del miedo

     Sin lugar a dudas la fuerza del miedo que los demás ejercen en uno parece el ataque más grande que puede sentir un creyente que desea, por cuestiones de conciencia, no jugar a la lotería. Los compañeros del trabajo, esos a los que ves todos los días, te dicen: “¡Pero cómo no vas a coger el cupón de la empresa! ¿Y si nos toca a todos y a ti eres el único que no te toca?” ¿Cómo responder a una presión como esta? La respuesta tiene que nacer desde la convicción de que no pasa nada porque ganen los demás y tú no, y para eso es necesario interiorizar razones de peso sobre las que se levante esta decisión.

     Personalmente, como creyente he visto que las riquezas y el bienestar material pueden hacer una mella profunda en el área espiritual de las personas, como podemos ver en algunos episodios que vivieron personajes del antiguo testamento como Saúl, David, Salomón, Jeroboam o Ezequías; y afecta negativamente a la dependencia y a la confianza que se debe tener como hijos para con Dios. Como dice Proverbios 30:8-9 dice: “No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario; no sea que me sacie, y te niegue, y diga: ¿Quién es Jehová? O que siendo pobre, hurte, y blasfeme el nombre de mi Dios”. Así que es importante aprender a descansar y a tener paz en que Dios es fiel a su Palabra y que podemos sentirnos agradecidos por el hecho de que Dios nos da salud, abrigo, nos provee de sustento y nos renueva el ánimo por su gracia. Asimilando esto podemos decir con convicción que no necesitamos más que lo que Él nos quiera dar cada día, pues su gracia nos basta (2ª Corintios 12:11). Así que como dijo Jesús, nuestro Padre celestial sabe que tenemos necesidad de comida, bebida y vestido, y que estas cosas nos serán añadidas (Mateo 6:31-33), por lo que no debemos afanarnos por el día de mañana, ni ser desagradecidos despreciando el “maná” con el que Dios nos bendice cada día.

     Esto me ayuda a aceptar que las personas que me rodean puedan enriquecerse porque les toque la lotería, pues he entendido y aceptado que mejor que el hecho de sentirme sostenido por mi propia riqueza o prudencia, es entender que soy sostenido por Dios y saber que Él es fiel y provee en su misericordia cada día.

     Esperanza de un cambio de vida

     Como dije cuando cite las dos causas principales que son los pilares fundamentales del negocio de la lotería, la esperanza de un cambio de vida es un elemento fundamental en este negocio que se nutre de la insatisfacción de la vida que llevan los compradores de lotería y de su avaricia.

      A la pregunta de “¿Qué harías si te tocara?” las respuestas no es que compitan en un concurso de originalidad: “Dejaría mi trabajo”, “No volvería a madrugar más”, “A partir de ahora me voy a dar una vidorra…”, “Me quitaba la hipoteca” o “Viajaría por todo el mundo”. Lo que más llena a la mayoría es la ilusión del cambio de vida, la idea de ser “verdaderamente” libre para hacer lo que a uno le de la gana.

     Muchos fantasean con la posibilidad de no tener que rendir cuentas ante un jefe y poder mandarlo a paseo, o con que el premio gordo de la lotería les libere de la sujección de las agujas del reloj que a tempranas horas interrumpen el descanso; ya no habrá que estar preocupado por las tareas del hogar que suponían una molestia y eran una atadura. ¡Adiós a las letras que minaban los ingresos que mensualmente costaba tanto esfuerzo conseguir! Y así, mil y una cosas.

     Sin embargo hay una atadura, que por mucho dinero que uno gane, sigue pesando sobre la vida de cada persona, y no es otra que el pecado y la maldición que conlleva: la muerte eterna. Por lo tanto, aunque desde una perspectiva material se pueda hablar de un cambio de vida en cuanto a riqueza y posición social, desde la óptica por la que se han de mirar todas las cosas, es decir, una visión espiritual, la persona premiada en el sorteo sigue estando igual de condenada en sus delitos y pecados. Además, el hecho de tener más bienes y dinero, en lugar de jugar a su favor, supone un obstáculo mayor para que este pueda acceder a la gracia de Dios. Tal y como dijo Jesús “de cierto de cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en reino de los cielos” (Mateo 19:23), y es que el que cree tenerlo todo, no tiene necesidad de nada más, ni de Dios, ni de su salvación.

     Por eso, es triste ver como las personas centran sus esfuerzos en las cosas materiales y en la esperanza de obtener un cambio efímero y caduco. Tal y como advierte Santiago 1:11 la vida es tan leve y pasajera como la hierba que brota y se seca en un suspiro “porque cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su flor se cae, y perece su hermosa apariencia; así también se marchitará el rico en todas sus empresas”. Es decir, todo lo amasado y reunido, todo aquello que resultaba tan atrayente no se podrá disfrutar más allá de 70, 80, 90 o 100 años. ¿Y el futuro del alma que es eterna? ¿Qué? ¿Por qué se le da más importancia a un cambio efímero por el hecho de ser material en detrimento de la magnitud que implica un cambio eterno y una vida nueva en Cristo? “¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?” (Mateo 16:26).

     En conclusión, el artículo no intenta tratar en sí el tema de tener o no tener dinero, sino que pretende hacer que cada uno medite sobre el sitio en el que radican sus esperanzas, intenta que buceemos dentro de nosotros mismos para averiguar qué es lo que nos quita el sueño o centra de nuestros deseos.

     Espero que después de leerlo, sientas la paz y la confianza que únicamente proceden de Dios, quien cada día derrama bendiciones y sostiene nuestro cuerpo y nuestro espíritu fielmente conforme a su Palabra.

     Si por el contrario, tus esperanzas están puestas como las de la mayoría de esta sociedad que únicamente vive ansiando que se produzca un cambio de vida material, tener riquezas y vivir plácidamente, puede que tengas la fortuna de ver colmadas tus ilusiones pero que termines con la sensación de que no te haya tocado nada, ni siquiera la pedrea.





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