Pecando de vista
28 - Junio - 2011

Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo. (2ª Corintios 8:2)

     Después de que el Señor Jesús curase a aquel que había sido ciego de nacimiento, se enteró de que este había sido enjuiciado y expulsado de la sinagoga por los fariseos. Entonces el Señor, tal y como la Biblia dice en el capítulo 9 de Juan, fue en su búsqueda para que su obra fuese completa. De modo que se reúne con aquel hombre, al que había sanado físicamente y se le muestra como el Hijo de Dios, para que el encuentro que se produjo entre ambos se traduzca en fe para salvación del alma y no quedase simplemente en una sanidad física. El Señor al ver la grata reacción de este hombre dice: “Para juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven, vean, y los que ven, sean cegados”. (Juan 9:40) Unos fariseos que estaban con él preguntaron si acaso ellos también eran ciegos, a lo que el Señor Jesús les respondió contundentemente: “Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece”.

     Aquí se presenta un gran problema que ataca tanto a los creyentes como a los no creyentes. Es un problema de vista. Es un problema de perspectiva que adultera la consideración que tenemos de nosotros mismos. Generalmente es fruto de una autoestima demasiado alta que se se manifiesta a través del orgullo, de la arrogancia y de la soberbia. Las personas siempre nos creemos lo más, siempre nos consideramos en posesión de la verdad. Algunos lo dicen abiertamente y se les tacha de prepotentes y otros aunque no lo manifiestan públicamente, en su silencio, tampoco dan su brazo a torcer. Ambos representan lo mismo. Yo siempre digo que todos nos creemos en posesión de la verdad hasta que alguien nos demuestra lo contrario. ¿Y cómo es posible que alguien pueda demostrarnos que estamos equivocados? Pues mediante el peso de unos argumentos sólidos, lógicos e irrefutables, eso sí, sólo seremos capaces de aceptar esos argumentos desde la humildad.

     El prisma de los no creyentes, hace que ellos se vean siempre bien. Autosuficientes. Sin pecado y sin necesidad de Dios ni de arrepentimiento. Ellos no se paran a pensar sí su forma de vivir es correcta o no, simplemente viven la vida como les viene, y la etiquetan de tan correcta y válida como cualquier otra. Muchos, con soberbia, presumen de no necesitar a “un Dios” que les diga cómo deben vivir. En este estado, les es completamente imposible acercarse a Dios, porque Dios resiste a los soberbios (Santiago 4:6). Esto no implica que estén incapacitados para siempre de obtener el perdón para salvación, simplemente quiere decir que mientras mantengan ese estado no podrán reconocer a Cristo como Rey y Señor de sus vidas. Si un día doblan su ego, se arrepienten y se humillan delante de Dios, Él dará consuelo (2ª Corintios 7:6), perdón y gracia (Santiago 4:6).

     Los fariseos que coexistieron con Jesús, tuvieron un gran problema a la hora de aceptar a Jesús como el Mesías. Algunos de ellos tenían curiosidad por escuchar a Jesús y deseaban gustar sus enseñanzas, sin embargo pretendían combinar sus tradiciones y leyes con el mensaje de Jesús, por lo que el Señor les explica que esto no es posible, y para ello les refiere una parábola: “ 36 Nadie corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo; pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo sacado de él no armoniza con el viejo. 37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos; de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará, y los odres se perderán. 38 Mas el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan. 39 Y ninguno que beba* del añejo, quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor” (Lucas 5:36-39). El Señor les dice que no pueden recibir ni entender la nueva enseñanza si no son renovados por completo, porque hacer una mezcla va contra la propia naturaleza de los dos elementos. Si se pretende forzar, no sólo se adultera e inutiliza la eficacia del mensaje, sino que también se produce la perdición de la persona que lo recibe.

     Personalmente me gusta más el ejemplo del vino, porque Jesús revela la razón por la que los fariseos no eran capaces de recibir el mensaje que traía: “ninguno que beba* del añejo quiere luego el nuevo, porque dice: El añejo es mejor”. Y si os habéis fijado he resaltado la palabra “beba”, porque la traducción de la versión Reina-Valera del 60 indica una acción presente, cuando en realidad es una acción acabada, tal y como se puede ver en el Nuevo testamento interlineal griego-español de F. Lacueva, cuya traducción correcta sería “bebió”. ¿Qué importancia tiene esto? Pues bastante, porque “bebió” indica una acción acabada y “beba” algo que se está desarrollando en un presente.

      Todas las personas tenemos una fase de aprendizaje, una etapa de absorción de conocimientos y un periodo en el que se forja la personalidad. Algunas personas están en esta fase durante toda la vida, con ánimo de seguir aprendiendo cada día cosas nuevas o profundizando en aquellas que dan por sentadas, sin embargo otras personas cierran esa fase de aprendizaje tras unos años. Unas personas al terminar la niñez, otros al acabar la adolescencia y otros en esa etapa de difícil delimitación que comprende los veintipocos y los treintaitantos, conocido socialmente como juventud. Una vez finalizada esa etapa es muy difícil cambiar los hábitos, pensamientos y costumbres adquiridas durante ese periodo. De ahí los versículos que imploran a los padres a enseñar el temor a Dios desde la niñez, como por ejemplo Proverbios 22:6 que dice: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”.

     El Señor trata de decir que los que habían bebido el vino viejo, que era el resultado de añadir a la ley esas tradiciones que habían creado, las cuales en ocasiones invalidaban los propios mandamientos de Dios (Marcos 7:9); y lo habían gustado, saboreado, asimilado y hecho propio en su corazón y en su mente, a la hora de recibir el nuevo mensaje que difería en muchos aspectos con lo que estaban acostumbrados a oír, lo rechazarían por el mero hecho que lo que escuchaban no concordaba con lo que estaban acostumbrados a recibir. Dicho de un modo castizo, el nuevo mensaje no les entraba en la cabeza.

     El problema que tuvieron muchos fariseos, es que estaban tan llenos de las costumbres y tradiciones con las que habían sido enseñados durante toda su vida, que no solo rechazaban las enseñanzas de Jesús por ser novedosas, sino porque habían finalizado esa etapa de “aprendizaje” y ya se consideraban saberlo todo y estar en posesión de la verdad absoluta. Por desgracia para ellos estaban completamente cegados y en su soberbia estaban empachados de “conocimiento”. Estaban pecando de vista y de perspectiva diciendo en sus corazones: “Lo que Tú enseñas no me sirve, porque yo, ya sé cómo son las cosas. Y lo que Tú dices… Esta equivocado”. Los que piensan que ya lo saben todo han perdido la oportunidad de seguir aprendiendo.

     En nuestros días pasa algo parecido. Muchos cristianos caemos en el error de dar por suficientes los escasos conocimientos que tenemos, que aunque sean buenos principios y buenas bases, en muchos casos están incompletas o carecen de profundidad. La gravedad de conformarse a esta percepción es enorme, y tiene unas consecuencias trascendentales principalmente para uno mismo, ya que a la hora de ser exhortados por un hermano, acerca de alguna cuestión que en nuestra vida no está en orden, la reacción será la de justificar nuestra conducta como válida avalándola con nuestro “gran” conocimiento. De este modo continuamos en nuestra ceguera y nuestro pecado permanece.





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