Mía es la venganza
21 - Junio - 2010

La figura de la justicia representa la fuerza sometida la razón, y la razón impuesta con fuerza, siendo igual para todos.

     El sentimiento de la humanidad ante la impotencia que produce el ser acusado falsamente de algo, el verse despojado de forma ilícita de aquello que por derecho le corresponde, ver cómo es arrebatada injustamente la vida de un ser cercano, verse privado inmoralmente de su libertad, verse sometido violentamente por la fuerza a realizar actos que atentan contra su propio ser y su integridad, o verse avasallado por los organismos policiales y judiciales, provoca un deseo de justicia que puede acabar en venganza (te animo a que busques en el diccionario el significado de esta palabra).

     De todas las leyes y normas que recibió Moisés, la más célebre y conocida para el mundo entero, es la de Éxodo 21:24 “ojo por ojo”, que encierra la esencia de lo que es justo. La justicia de Dios determinó que la paga del pecado es la muerte y esa justicia sólo podía cumplirse de dos formas que toda la humanidad asumiera su culpabilidad y su condena, es decir, muriese por sus pecados, o que alguien inocente saldase esa cuenta muriendo en lugar nuestro. Dicho de otro modo “sangre por sangre”, porque para que se haga justicia la sentencia tiene que ser cumplida.

     La diferencia entre lo que entendemos socialmente como justicia y la venganza radica únicamente en las formas. Mientras que la justicia consiste en el resarcimiento o restablecimiento de una cosa tras una resolución determinada por jueces encargados de dirimir los conflictos; la venganza consiste en cobrarse esa misma justicia uno mismo, o lo que coloquialmente se conoce como “tomarse la justicia por la mano”. Mucha gente ha confundido el ojo por ojo con el tomarse la justicia por la mano, pero hay que recordar que en la ley que recibió Moisés, todas las sentencias tenían que ser fijadas por los jueces (Éxodo 21:6, 21:22,…). Otros han confundido el “ojo por ojo” con el cobrarse holgadamente la justicia, ¡Vamos! Reclamar “un ojo por dos”, lo que supone cometer otra injusticia.

     Las leyes que recibió el pueblo de Israel debían aplicarse sin acepción de personas, sin privilegios ni compensaciones, sin lugar a la existencia de discriminaciones positivas. Levítico 19:15 estableció expresamente la forma de impartir justicia: “No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo”. Hagamos un pequeño ejercicio de reflexión para ver cuántas veces hemos incumplido Levítico 19:15 en el día de hoy, o en esta misma semana… Y es que el trato que dispensamos a los que nos rodean ante una determinada conducta reprochable, determina si a tratamos a todos de forma justa. El problema surge en que las personas aplicamos “justicia” en función de los hechos y de las personas que intervienen en ellos, en lugar de analizar únicamente los hechos. Si es justo, es justo; independientemente que lo haga alguien que nos cae bien o alguien que no nos caiga bien, y si es injusto, es injusto.

     Después de siglos de cohechos, de injusticias, de atropellos y de no impartir justicia correctamente que iban desde que la ley de Moisés fue dada a Israel; Jesús cambió el lugar en donde los que son avasallados deben depositar su esperanza de justicia, y también la actitud que deben tener ante sus adversarios. En lugar del ojo por ojo, que es lo justo, enseñó a poner la otra mejilla (Mateo 5:38-39) que supone sufrir el agravio y la falta, pero no por ello dejar de denunciar lo que es injusto o renunciar a la búsqueda de la justicia. Tal y como dice Mateo 5:10 “bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos”. Esto es así, porque es más fácil que las personas que aman la justicia y la verdad abracen la fe en Dios y se puedan arrepentir para salvación, que aquellos que se venden para medrar a costa de la injusticia.

     Las sociedades establecieron un sistema para mediar entre sus propios miembros, y resolver de forma imparcial, con arreglo a lo establecido en un código, los distintos litigios, disputas y problemas. Para ello, escribieron largos volúmenes cargados de normas y preceptos, para que de forma honrada, mediante el análisis de los hechos y el uso de la razón, hallasen la verdad e impartiesen justicia.

     Lamentablemente, vivimos en un mundo en donde aquellos que son más poderosos utilizan su fuerza para aprovecharse de los débiles y los desprotegidos. No importan las normas, no importan las leyes, la moral no tiene cabida ante el deseo avaricioso que nace de mirarse el ombligo propio, y que de forma implacable machaca a los indefensos con la única meta de saciar sus deseos. La situación que vivimos, no difiere para nada de la que les tocó vivir a otras personas en distintas épocas. Estamos ante un patrón que se repite a lo largo de toda la historia, por lo que no nos podemos sentir más perjudicados que nuestros antepasados. Para muestra, un botón, ya se relata en Amós 5:12 una denuncia ante el latrocinio generalizado de la época “porque yo sé de vuestras muchas rebeliones, y de vuestros grandes pecados; se que afligís al justo, y recibís cohecho, y en los tribunales hacéis perder las causas de los pobres”. ¿Este versículo podría aplicarse hoy día? Por supuesto que si.

     Sin embargo, esta labor necesaria e imprescindible en toda sociedad, se ha ido corrompiendo hasta hacer personas de primera y segunda categoría, “haciendo las leyes, y sus trampas”, para que los fuertes tengan y mantengan un estatus especial, proporcionándoles vacíos legales que favorezcan sus intereses. Cualquier sistema controlado por el hombre, tarde o temprano se acaba corrompiendo debido a las fuertes presiones que va a recibir y a los “intereses” que los lobbies tengan en juego ante una determinada resolución o sentencia. Por mucho que las personas sencillas nos esforcemos, ningún sistema controlado por nosotros podrá perdurar puro sin acabar por convertirse en una farsa parcial, interesada e injusta. ¿Y qué pasa cuando sufrimos una injusticia? ¿Cómo debemos reaccionar cuando somos la parte débil que es injustamente tratada y desamparada?

     Como cristianos debemos sufrir el agravio y entregárselo a Dios, no pagando a nadie mal por mal, tal y como dice Romanos 12:17-18. Debemos orar por los que nos agreden, para que conozcan a Cristo en sus corazones y puedan arrepentirse de su vida y acceder al Trono de Gracia. Debemos vivir con la templanza que produce la seguridad de que si los hombres nos tratan injustamente, Dios a su tiempo defenderá nuestra causa. A veces somos probados para nuestro mayor crecimiento espiritual y perfeccionamiento en los frutos del Espíritu, así que confiemos a Dios nuestras vidas y nuestras situaciones, especialmente las adversas.

     Debemos tener una perspectiva más allá de la que tienen los que viven sin fe, porque para nosotros la vida no acaba con la muerte, sino que tenemos la promesa de Dios de que obtendremos una vida eterna, plena, libre de pecado y de injusticia. Debemos saber que es en Dios en donde radica la verdadera justicia, porque Él conoce todos los hechos tal y como son, los hombres no. Dios puede probar las intenciones de los corazones (1ª Corintios 4:5), los hombres no. Dios es incorruptible (Romanos. 1:23), los hombres no. Dios es justo (Deuteronomio 32:4), los hombres no. Dios es imparcial (Deuteronomio 10:17), los hombres no. Como dice Mateo 5:6 “bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados”, y esto es así, porque está establecido un día en el que toda la humanidad será juzgada, y ese juez será Dios, por tanto como dice Romanos 12:19 “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor”.





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