Ser cristiano es radical
05 - Abril - 2010

La integridad de Esteban le llevó a morir apedreado por predicar a Cristo

     La palabra radical es una expresión que siempre se utiliza de forma peyorativa. Generalmente es usada para definir a las expresiones o a las personas que las emiten para tildarlas de extremas e intransigentes. Esta es la forma de etiquetar que tiene el mundo en el que vivimos, donde los comportamientos que se salen de lo que el propio mundo establece como normal no está bien vistos.

     Que el mundo mire raro a los cristianos es algo normal, ya estábamos avisados, “El mundo os aborrecerá porque no sois del mundo”. El conflicto surge cuando desde el propio ámbito cristiano se trata de diluir el testimonio, la virtud y la integridad propia de los cristianos. El problema es el ataque hacia lo que nos diferencia del mundo, a lo que es la bandera que han de portar los que han nacido de nuevo.

     Ser cristiano es radical. Y esto es así porque el carácter de Dios en relación con el pecado es radical. ¿Parece poco radical equiparar al infractor de un punto de la ley con el que infringe toda la ley? La Biblia recoge numerosos ejemplos de radicalismo que se manifiestan en distintos ámbitos y situaciones.

     ¿Acaso el diluvio no fue un ejemplo de una medida radical contra el pecado? ¿Acaso no fue radical que Dios pidiese a Abraham como prueba de fe que sacrificase a su hijo Isaac? ¿Acaso no parece radical la destrucción de Sodoma y Gomorra? ¿No fueron radicales las palabras que Juan El Bautista les dedicó a los fariseos, llamándoles “generación de víboras”? ¿No es radical que Jesús, látigo en mano, tumbase los puestos de mercadeo que había en el templo? ¿No eran radicales las palabras que Jesús les dedicaba a los fariseos? (Son tantas que de ponerlas aquí la pregunta sería larguísima) ¿No es radical que Jesús dijera que el que no es con Él, es contra Él y que quien no junta con Él, desparrama? ¿No fue radical que Dios enviase a su hijo unigénito a morir en la cruz? ¿No fue radical la postura de Pedro y Juan ante el concilio, que prefirieron ser azotados a desobedecer a Dios? ¿No era radical el celo por Dios del apóstol Pablo, que primeramente perseguía a los cristianos y después se desvivía por ellos?... La lista puede ser interminable.

     Lamentablemente hoy en día, con el paso de los siglos una abrumadora mayoría de creyentes hemos cambiado el ser radicales defensores y practicantes del evangelio a ser simples camaleones. Relativistas acomplejados que reducimos la manifestación de la fe a un ámbito tan interior que es difícil que lo podamos encontrar. Como muy mucho, seguidores de eslóganes biensonantes a favor de Cristo, del mismo modo que podríamos haber suscrito cualquier campaña social de “buenas intenciones”. Pues bien, ser cristiano es algo más.

     Ser cristiano es ser consecuente con el mensaje de Dios, en palabra y en hecho. Estén todos a favor o todos en contra .

     La Biblia en el libro de Hechos (cap.6-8) nos presenta a un hombre lleno de fe, lleno del Espíritu Santo y con un grandísimo conocimiento de Dios. Este hombre era Esteban, que lleno de gracia y poder, hizo prodigiosos milagros y señales en el pueblo. En estos primeros tiempos de la iglesia, el número de creyentes crecía y crecía.

     Pero como siempre que la Palabra de Dios es divulgada con éxito, surgen problemas y ataques del diablo para que la obra de Dios se estanque y se detenga. Unas veces por personas ajenas al evangelio y en otras ocasiones por supuestos creyentes.

     Esteban tuvo que hacer frente a una situación adversa. Algunos de la sinagoga se levantaron para discutir con él y para recriminarle su enseñanza. Superado en número por los libertos, los de Cirene, los de Alejandría, los de Cilicia y los de Asía, sería un buen momento para recoger velas y ser políticamente correcto… Tal vez, intentar fundar el primer movimiento ecuménico, quitar hierro a las diferencias, pulir asperezas y alcanzar un punto de encuentro en donde todos tuviesen cabida sin necesidad de cambiar para nada sus creencias ni su comportamiento. Sin embargo Esteban aceptó el desafío, y habló de la única forma que sabía; lleno del Espíritu Santo. Esteban estaba tan lleno del poder de Dios, que su forma habitual de hablar no entendía de concesiones para complacer a un público hostil, negligente o conscientemente equivocado.

     El desenlace de este encuentro otorgó la razón a Esteban, puesto que ante su sabiduría y el Espíritu con el que hablaba, nada pudieron argumentar los otros. Sin embargo, la cosa no acabaría ahí. El pueblo, los ancianos y los escribas fueron alborotados y se sumaron a la corriente que era contraria a Esteban, quien se encontró con el hándicap de tener a falsos testigos dispuestos a difamar su persona; y no sólo con el fin de desacreditarlo o ningunearlo, pues procuraban matarlo. Arrebatado por el pueblo fue llevado ante el Concilio en donde el Sumo sacerdote requirió que se pronunciase a cerca de las acusaciones que había contra él, por decir que Jesús de Nazaret destruiría ese lugar y las costumbres de Moisés, y le preguntó: “¿Es esto así?”

     Llegado este punto, sería lógico y prudente recapacitar, ahora parece más sensato pedir disculpas y explicar que todo había sido un malentendido, y decir que él respetaba las liturgias y prácticas que habían regido en el pueblo de Israel durante tantos años… Pero no. En lugar de eso, se dedicó a enseñar al Concilio entero que no hablaba sin fundamento, que lo que decía no era fruto de oír campanas y no saber dónde; sino que con conocimiento de causa y en la plenitud de sus facultades, predicaba a Cristo. Y en esta situación abrió su boca.

     Empezó a narrar la historia de Israel desde Abraham hasta Salomón, para concluir con las palabras de profeta Isaías, después de las cuales vino la exhortación y el reproche en forma de una acusación durísima. Hasta el punto que los allí presentes se enfurecían y rechinaban los dientes contra él.

     Seguro que a más de uno la actitud de Esteban le puede parecer radical y propia de un provocador. ¿Qué necesidad había? Si total… no iba a conseguir convencerlos de nada… Diciendo esas cosas no podía esperar que reaccionaran de otra forma distinta a como lo hicieron… ¡Les estaba provocando! ¡Menudo radical era Esteban! Es conveniente que recordemos que Dios no nos manda convencer a las personas. Nos exige que prediquemos el mensaje de arrepentimiento y de salvación, que vivamos como es digno de sus hijos y que brillemos en toda palabra y obra. Lamentablemente estamos más preocupados de no desencajar en nuestro entorno, que de obedecer fielmente la gran comisión que ordenó Jesús.

     Hoy día la vehemencia, esa integridad genuina, ese tono de hablar y esa contundencia para exhortar como la que tenía Esteban… Sencillamente escasean. ¿Por qué? Quizá porque falte fe. A lo mejor porque vivimos una simple filosofía, una de las tantas que existen. O tal vez porque nos hemos vuelto tan susceptibles que, sencillamente, no las podríamos soportar…





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