Enseñando a obedecer a Dios
05 - Julio - 2010

Escena cada vez más frecuente. Hijos que agreden a sus padres.

     En el anterior artículo ¿Adolescencia perdida? Trataba de algunos de los aspectos que deben observar los padres cristianos que quieren asumir su responsabilidad como tales frente a Dios, a sí mismos y a sus hijos. Pero como me quedaba un poco incompleto ante uno de los aspectos más importantes que no se mencionaba, le voy a dedicar unas líneas.

     Los padres cristianos deben instruir a sus hijos desde que estos tienen el conocimiento más elemental, que Dios ha establecido un principio de autoridad en el hogar que debe mantenerse para el sano desarrollo de la entidad familiar. Soy consciente de que lo que escribir a decir en las próximas líneas, y yo como autor, merecerá los improperios de todos cuantos no tienen temor de Dios, pero es algo a lo que estoy acostumbrado y nada de esto me arredra. Me preocupa mucho más que haya creyentes que lo critiquen porque han abrazado las tesis de los que no conocen a Dios. El Creador ha establecido de forma inequívoca que en el hogar la autoridad recae en el padre y en la madre, y que los hijos deben sujetarse a ella. La familia en general, y la familia cristiana en particular, no es un ente democrático en el que el voto de cada miembro tiene el mismo peso a la hora de tomar decisiones, sino un órgano teocrático en el que todos, cada uno en su papel, deben sujetarse a la voluntad de Dios. Y Dios no solo ha establecido que la autoridad recae exclusivamente en los padres, sino que cuando Dios se reveló al pueblo de Israel en la ley, que es la expresión de la justicia divina, fue contundente en el sentido de que la desobediencia contumaz era uno de los crímenes que debían ser erradicados radicalmente, y por ello el desobediente debía morir: Deuteronomio 21:18-21 “Si alguno tuviere un hijo contumaz y rebelde, que no obedeciere a la voz de su padre ni a la voz de su madre, y habiéndole castigado, no les obedeciere; 19 entonces lo tomarán su padre y su madre, y lo sacarán ante los ancianos de su ciudad, y a la puerta del lugar donde viva; 20 y dirán a los ancianos de la ciudad: Este nuestro hijo es contumaz y rebelde, no obedece a nuestra voz; es glotón y borracho. 21 Entonces todos los hombres de su ciudad lo apedrearán, y morirá; así quitarás el mal de en medio de ti, y todo Israel oirá, y temerá.”

     Dios estaba haciendo entender al pueblo de Israel que el orden social y espiritual de la nación tenía que sostenerse desde ese pilar esencial del orden familiar, y que cualquier alteración de ese orden tenía que ser cortada de raíz. Yo sé que al leer esto algunos acomplejados cristianos se avergonzarán de que la Biblia contenga tales palabras, y dirán que es que en el Antiguo Testamento hay cosas terribles porque estaban destinadas a unas sociedades incivilizadas en su conocimiento y en su comportamiento. Pero, sin embargo, el señor Jesucristo, no solo no se avergonzaba de ello, sino que recordó que era un mandamiento de Dios, como vemos en Mateo 15:3-6: “Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? 4 Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. 5 Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera ayudarte, 6 ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición”. Esta declaración de Jesús implica que la desobediencia contumaz de la que habla el texto del Deuteronomio equivale a maldecir al padre y a la madre. Y Jesús, como en su ley siempre va más allá que lo que la ley de Moisés declara**, lo amplía todavía más hasta la obligación de los hijos de ayudar y sustentar a sus padres si estos lo necesitan.

     Por lo tanto, este pecado gravísimo –la desobediencia a los padres- como otros de otra clase recogidos en la ley mosáica, de excepcional gravedad, como el adulterio, la fornicación, etc. deben ser tratados y obedecidos, no por la maldición de la ley y su castigo, sino por la gracia y la verdad que vinieron por medio de Jesucristo (Juan 1:17). No quedaron abrogados (Mateo. 5:17), sino incluidos y extendidos en la ley de Cristo. No para que los infractores fuesen muertos, como la ley ordenaba, sino para ser obedecidos por los hijos creyentes por el impulso de la gracia de Jesucristo y su amor, y con la ayuda del Espíritu Santo.

     Así pues el mantenimiento del principio de autoridad lo encontramos vigente en el Nuevo Testamento, y así lo escribe San Pablo de forma inequívoca: Efesios 6:1 “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.” Recuerdo que desde que estaba en esa etapa de mi primera infancia, que es cuando los padres enseñan a sus hijos que tienen en sus brazos a cantar canciones infantiles y nanas, mis padres me enseñaron una canción que nunca olvidé y que decía:

     Obedecer y confiar en Jesús,

     Es la senda marcada,

     Para andar en la luz.

     Y cada vez que protestaba alguna cosa que mis padres me mandaban, me decían “¿cómo es la canción de la obediencia? Y yo con mis cuatro ó cinco años la cantaba. Y ellos me respondían: “Pues ya sabes, hay que obedecer para agradar al Señor.” Esas lecciones de mi infancia no las he olvidado nunca, y han pasado más de cincuenta años. Luego me enseñaron que había un mandamiento de Dios para los hijos, el de honrar al padre y a la madre, que era fundamental en mis responsabilidades como hijo, y que un día yo tendría que instruir a mis hijos de la misma manera. Y porque era el primer mandamiento con promesa, como recordaba San Pablo en Efesios 6:2, aludiendo a Éxodo 20:12. Honrar es más que respetar. Es dar honor, ensalzar, enaltecer y ser agradecidos. Siempre he estado orgulloso de mis padres. De la infancia y adolescencia que me proporcionaron y del cariño que me dispensaron. Siempre han sido un ejemplo para mí y que aun ahora al escribir estas líneas me hacen saltar las lágrimas por su coherencia cristiana, su generosidad y su amor.

     Enseñar e instruir a los hijos desde su más temprana infancia en estos mandamientos de Dios es una obligación de los padres creyentes. Si han renunciado a hacerlo, recogerán las consecuencias en la adolescencia y en la juventud.

     Es cierto que este principio de autoridad no tiene nada que ver con autoritarismo. El autoritarismo es una forma despótica y errática de ejercer la autoridad. Los hijos tienen derecho a recibir explicaciones del por qué sus padres les piden que les obedezcan en las cosas que les mandan. Eso es parte de su formación. Es cierto que en algunas ocasiones puntuales las explicaciones pueden estar fuera del alcance de su comprensión por lo que los padres deben ganarse la confianza de sus hijos para que en esas ocasiones acepten sus peticiones. Jesús dijo en una ocasión a sus discípulos: “Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después.” (Juan 13:7) Y aunque Pedro, como un niño, de entrada no se dio por satisfecho con obedecer por las buenas la petición de Jesús como la había formulado, porque no la entendía, apenas un poco más de “diálogo” fue suficiente para que se rindiera a su Maestro hasta el extremo de estar dispuesto a ir mucho más allá de lo que en un principio Jesús le pedía. (Juan 13:9)

     La relación “amistosa” –a mí me gusta mucho más llamarla cordial- cuando hay que sostener un principio de autoridad no es la igualitaria que sostienen los hijos con sus coetáneos, pero que es justamente la que plantea a los padres una sociedad alejada de los valores de Dios, sino que tiene que estar basada sobre la base de la obediencia. Jesús también enseñó esta forma de amistad cuando dijo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”. (Jn. 15:14) Dicho de otra manera, sois mis amigos cuando me obedecéis. Porque no hay amistad en una relación que socava la autoridad del que la tiene por derecho.

     Los padres tienen la obligación de enseñar a sus hijos en los caminos de Dios, y ellos el derecho a ser enseñados así. De esta forma lo explicaba el salmista:

     Salmos 78:5 El estableció testimonio en Jacob,

     Y puso ley en Israel,

     La cual mandó a nuestros padres

     Que la notificasen a sus hijos;

     6 Para que lo sepa la generación venidera, y los hijos que nacerán;

     Y los que se levantarán lo cuenten a sus hijos,

     7 A fin de que pongan en Dios su confianza,

     Y no se olviden de las obras de Dios;

     Que guarden sus mandamientos,

     8 Y no sean como sus padres,

     Generación contumaz y rebelde;

     Generación que no dispuso su corazón,

      Ni fue fiel para con Dios su espíritu.

     Los hijos, por su parte, tienen el mandamiento de Dios para vivir con arreglo a esas enseñanzas:

     Proverbios 6:20-23 “Guarda, hijo mío, el mandamiento de tu padre, y no dejes la enseñanza de tu madre; 21 Átalos siempre en tu corazón, enlázalos a tu cuello. 22 Te guiarán cuando andes; cuando duermas te guardarán; hablarán contigo cuando despiertes. 23 Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, y camino de vida las reprensiones que te instruyen”.

     Proverbios 13:1 “El hijo sabio recibe el consejo del padre; Mas el burlador no escucha las reprensiones”•.

     Proverbios 15:5 “El necio menosprecia el consejo de su padre; mas el que guarda la corrección vendrá a ser prudente”.

     Proverbios 15:20 “El hijo sabio alegra al padre; mas el hombre necio menosprecia a su madre”.

     Proverbios 28:7 “El que guarda la ley es hijo prudente; mas el que es compañero de glotones avergüenza a su padre”.

     Todos estos textos, y algunos más me fueron enseñados desde la niñez por mis padres y repetidos una y otra vez, sin ningún complejo. Pero hoy muchos padres creyentes se han dejado vencer por las continuas presiones del mundo que nos rodea, que dicen que estas verdades son antiguallas, que ahora hay que seguir las más modernas técnicas psicológicas y pedagógicas así como los argumentos de la falsamente llamada ciencia (1ªTimoteo 6:20). Pero si nos paramos a pensar, nunca hubo más técnicas pedagógicas en uso, ni más consejos y consejeros técnicos, y sin embargo tampoco nunca estuvo peor la familia y las relaciones entre los padres y los hijos. ¿Dónde está entonces el éxito de lo que tanto proclaman? ¿Cuál es la eficacia del producto que venden? Ninguna. Por el contrario, como decía en mi artículo anterior, los expertos, aquellos que son responsables, están preocupados por la escalada del mal en la juventud.

     Los hijos de creyentes que conocen por lo menos de boca de sus padres ó iglesias la historia de Jesús, tienen que ser instruidos en que él es nuestro ejemplo, y que él mismo tuvo que “aprender la obediencia” y no sin dolor (Hebreos 5:8). Pero el resultado fue que le decía al Padre: “no se haga lo que yo quiero sino lo que Tú quieres” (Lucas 22:42). Y con respecto a sus padres terrenales, la Escritura nos enseña también que “estaba sujeto a ellos” (Lucas 2:51).

     El Nuevo Testamento también enseña que los hijos ingratos y desobedientes a sus padres ocupan una clase dentro de las personas perversas de mente reprobada (Romanos 1:30), que en los postreros días, como los que estamos viviendo, se multiplicarán, pero que los cristianos, y sus hijos, incluso estos de una forma especial por lo pernicioso de su ejemplo, deben evitar relacionarse con ese tipo de personas (2ª Timoteo. 3:1-5).

     Cristo nos llamó a ser un pueblo aparte y esto es incompatible con dejarnos asimilar por el mundo y sus corrientes, para seguir siendo sal y luz, es decir un referente moral y espiritual del reino de los cielos. Si en nada somos diferentes a cuantos nos rodean sin conocer a Cristo ni la voluntad de Dios, viene a ser como cuando la sal pierde su sabor. Ya no vale más para nada.

     **La ley de Cristo, en casos como el adulterio va más allá que la ley de Moisés, pues mientras esta condenaba al infractor por el hecho consumado, Cristo lo condena ya desde la esfera íntima de los pensamientos. Y el homicidio está considerado como tal desde el momento en que surge el enojo (Mateo 5:21 y ss.)





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