La FEREDE y el mal de Diótrefes
08 - Mayo - 2009

El mal de Diótrefes consiste en despojar a la iglesia local de su autoridad y papel.

     Escribía en mi anterior artículo que “todo lo que representa la FEREDE y los CEA es algo hecho a espaldas y en ocultación a la mayoría de los miembros de las iglesias evangélicas a las que representan, que no se enteran de nada de lo que hacen, ni de lo que tratan, ni mucho menos de lo que hay detrás.” Y prometía tratarlo en este artículo. Ahí va pues.

     Tan lejos como en el mismo siglo I, un tal Diótrefes, es mencionado en el Nuevo Testamento, (3ªJuan), como ejemplo de lo malo que no se debe imitar, pues quién hace semejantes cosas malas “no ha visto a Dios”. El mal de Diótrefes consistió en que pasando por encima de toda la iglesia y de otros hermanos de buen testimonio, como Gayo y Demetrio, se impuso a si mismo como líder jerárquico de la congregación para hacer y deshacer a su antojo. En su “amor” por ocupar el primer lugar, no dudaba en hablar mal de cuantos denunciaban que su conducta estaba alejada de la praxis de las iglesias cristianas, aunque estos fueran los mismos apóstoles. Incluso llegó a prohibir que la iglesia recibiera a unos emisarios enviados por estos para restaurar la situación conforme a la tradición de las iglesias. Pero no contento con impedir cualquier intento de escucharlos delante de la iglesia, si se enteraba que algún miembro los recibía, aunque fuera de forma particular, los echaba fuera.

     Aquella práctica mala que no debía ser imitada ha venido a ser la más frecuente. Este tema ya no se enseña, se ha sustituido por el de “obedecer a vuestros pastores, porque ellos ya darán cuenta”, así que la mayoría de los cristianos de nuestros días no tienen ni idea de cómo eran las iglesias levantadas bajo el fundamento de los apóstoles (Ef. 2:20), que tenían la guía providencial del Espíritu Santo (Jn. 16:13), y muy frescas también las enseñanzas de Jesús al respecto (Lc. 22:25-27). Al triunfo de los Diótrefes amateurs siguió el modelo de los Diótrefes profesionales, y acto seguido la sustracción a las congregaciones de sus responsabilidades en materia de la enseñanza y del depósito doctrinal, que se llevó a escuelas especializadas y más tarde a seminarios e incluso a universidades, donde unos pocos podían manejarla y cocinarla a su antojo, y desde allí esparcir por todas partes la cizaña a unas iglesias que quedaron indefensas a causa del despojo sufrido en su autoridad y en su misión de salvaguarda, depósito y defensa de la doctrina (2ªTs. 2:15; Ef. 4:11-21; Ro. 16:17; 2Jn. 9,10; 1Tm. 4:16; 6:3,4; etc.)

     Pero como dijo Jesús sobre otro tema, las cosas al principio no eran así en el plan de Dios (Mateo 19:8). Las iglesias en el principio tampoco eran así, pero se convirtieron en lo que son también por la dureza de los corazones. Durante la etapa apostólica, los creyentes, aquellos que habían aceptado a Jesús como el Mesías y el Cordero de Dios que vino y murió para quitar el pecado del mundo, se reunían de forma bien diferente a como se hace en nuestros días, tanto en el fondo como en la forma. No habían entrado formas litúrgicas, ni tenían estructuras jerarquizadas. Todo era fresco, informal, improvisado y variado, por lo que en algunas ocasiones era necesario hacer llamamientos para aumentar el orden, pero ese orden tenía que provenir de las conductas renovadas espiritualmente progresando en madurez, exhortándose y corrigiéndose unos a otros, y no de la imposición de un catálogo de normas bajo una jerarquía de orden superior encaminadas a amordazar y someter a los creyentes, retirándoles una gran parte de las libertades con las que Cristo los hizo libres.

     Siempre que podían, los creyentes se reunían en las casas de aquellos entre ellos que tenían patios o alcobas espaciosas y los ofrecían para aquel propósito. Allí predicaban, oraban, se enseñaban y discutían los temas doctrinales, pero también se trataban los sociales que envolvían a los miembros de la comunidad, y en muchas ocasiones comían juntos. Se hacía apologética de la doctrina y se discutían las desviaciones y herejías que llegaban. También se debatían situaciones personales y se tomaban medidas disciplinarias (2Co. 12:20; Tt. 3:10). Se planteaban las ayudas sociales, los proyectos inmediatos, las situaciones particulares de necesidad de las personas de la comunidad, enfermedad, precariedad económica, etc. Se partía el pan ó cantaba salmos sin un programa establecido. Todos, aunque en ocasiones fuese grupos bastante numerosos, participaban como una familia. No tenían relojes. No había una hora exacta para empezar el culto, ni para terminar. La gente iba llegando y se incorporaba a las reuniones, y se iba cuando necesitaba. Había muy pocas personas instruidas y cultas, porque la mayoría eran de condición humilde, muchas analfabetas ó con una cultura secular escasa (1Co. 1:26). Exceptuando a los judíos que creían, la mayoría eran personas muy jóvenes en el evangelio y con una ignorancia total de las Escrituras y de la revelación profética del Antiguo Testamento.

     Las congregaciones tenían ancianos ú obispos, siempre en número plural, que cuidaban de la iglesias, pero no las gobernaban. Esto es muy importante y debe ser recordado tanto por los ancianos y pastores como por los otros miembros de las iglesias. (1ª Tm. 3:5. Nótese en este texto el cuidado que tiene el apóstol en el empleo de dos verbos muy diferenciados: proistemi,-gobernar- para su casa; epimeleomai –cuidar- para la iglesia). Los que quieren gobernar la iglesia, como Diótrefes, es que no han visto a Dios. Es decir, no tienen ni la menor idea del plan y de la voluntad de Dios para su Iglesia, ni para las iglesias locales, ó si la tienen han decidido ignorarla. Están cayendo en aquel “mal” que no debía ser imitado.

     La instrucción apostólica para los creyentes era que cada uno de ellos recibía dones, y tenían que ser conscientes de que la iglesia era una responsabilidad compartida (1Co. 12:14-31). Algunos poseían dones más atractivos, y otros más discretos, pero todos eran de importancia vital para el sano desarrollo del cuerpo eclesial. Por eso ninguno tenía la autoridad, ni la prerrogativa para hacer y deshacer de espaldas a la congregación, ni para tomar acuerdos ó decisiones sin el conocimiento y apoyo de la iglesia local. No se recoge en las Sagradas Escrituras instrucción alguna para federarse ni para establecer estructuras supraiglesias apelando a argumentos tales como unidad, afinidad doctrinal ó utilidad por razón geográfica.

     Las personas a quien la iglesia había confiado la responsabilidad de presidir y pastorear tenían la obligación de debatir los asuntos delante de toda la iglesia, y ésta, que había presenciado y, en ocasiones, participado en los debates, daba su parecer a las decisiones finales. El Nuevo Testamento está plagado de ejemplos en los que vemos como los asuntos se debatían delante de todos, sin importar que muchas veces produjesen fuertes enfrentamientos a causa de posturas diferentes.

     Esto era muy útil porque proporcionaba a los miembros una oportunidad excelente para tener la información más completa, enriquecer su formación con los distintos puntos de vista, y conocer el carácter y el talante espiritual de aquellos a los que habían otorgado la confianza para pastorear al rebaño (1ªCo.11:18-19). Y es que los momentos de contienda son los mejores para evaluar las conductas (St. 3:13; 1Ped. 3:1,2; Hb. 13:7; 1Tm. 4:12, etc.), y reconocerles la autoridad espiritual que merecen: a algunas personas ninguna, pero a “los aprobados”, la que por su conducta y fidelidad es debida. Así que el Espíritu Santo inspirando a los autores del Nuevo Testamento no nos oculta la realidad de que había muchas discusiones, a veces acaloradas, en las reuniones. Aquí van algunos ejemplos: La elección de los siete diáconos (Hch. 6:1-5). La reunión de Jerusalén. Vemos que las discusiones delante de las asambleas no eran pequeñas (15:2). Hch. 15:4 y 5 dicen que: Toda la iglesia se reunió para debatir las cuestiones. Los apóstoles y los ancianos tomaron la palabra (15:6), mientras el resto de la congregación escuchaba y comentaba desde sus asientos (15:12). Y finalmente vemos como el acuerdo alcanzado por los ancianos y apóstoles cuenta con la aprobación de la iglesia (15:22).

     Otro ejemplo lo encontramos en este mismo capítulo cuando los acuerdos de Jerusalén se llevan a Antioquía, donde el problema había tenido su origen. También allí se reúne a toda la iglesia para conocer el asunto (15:30). Un poco más adelante, se nos relata una agria y fuerte discusión entre Pablo y Bernabé y, aunque no se menciona expresamente, parece probable que se produce delante de toda la iglesia, pues en el 15:40 se lee que la iglesia toma partido por Pablo, quien sale para su segundo viaje misionero “encomendado por los hermanos a la gracia de Dios”, no diciendo nada semejante de la salida de Bernabé. Pero no hay ningún reparo en que esta situación se relate en el libro de los Hechos, para conocimiento general de las demás iglesias y para la posteridad. No podemos olvidar que todo lo escrito en las Sagradas Escrituras es dado para ejemplo y enseñanza de los creyentes.

     También había sido delante de toda la iglesia de Antioquía donde tuvo lugar aquel delicado incidente que relata la epístola a los Gálatas (2:14), en el trascurso del cual Pablo llamó la atención a Pedro, por su conducta inadecuada con la verdad del evangelio. Y de la misma manera, cuando Pablo reprende duramente a la iglesia de Corinto por tolerar en su seno una conducta inmoral, y el asunto se trata entre todos (2ªCo. 2:6). Está claro, pues, que tanto doctrinas como malas conductas se denuncian y se tratan en comunidad con toda franqueza (2Ts. 3:6-15). Tampoco las epístolas son materia reservada para pastores, sino que tienen como destinatarias a las iglesias, no a sus ancianos (Flp 1:1; Rom.1:7; 1ªCo.1:2, etc.), y con la orden expresa de ser leídas a toda la iglesia, como en 1ª Ts. 5:27. Esto daba lugar a que los asuntos que se tratan lleguen al general conocimiento de todos los miembros, y sin duda serían comentados y debatidos por ellos. Incluso las instrucciones para temas tan delicados como reprender las conductas de ancianos y pastores, como las de cualquier otro miembro, se tienen que hacer delante de toda la congregación (1ªTm. 5:19-20), y no en cónclaves restringidos para unos pocos.

     Los ancianos y obispos, eran fieles elegidos entre los de mayor experiencia, mejor testimonio, vocación de servicio, fidelidad a Dios, y disposición para estar pendientes de las necesidades espirituales y materiales de los creyentes. Entre sus funciones de “cuidar de la iglesia” (ocuparse en la enseñanza y la predicación, preocuparse de los pobres y necesitados, alentar a los de poco ánimo, presidir –pero no en el sentido jerárquico, sino en el de moderadores que se ocupan de que las cosas se hagan con orden y de acuerdo con la doctrina recibida-, celosos por el testimonio, vigilantes ante las herejías, estimuladores a las buenas obras, cuidadosos en el sostén de los débiles en la fe, amonestar a los infractores, etc.) tenían la responsabilidad de velar por el cumplimiento de los acuerdos de la congregación, de ahí que la sujeción y obediencia se les debe por su papel en tanto que eran agentes al servicio de la autoridad de la iglesia, y por el respeto al que se hubieran hecho acreedores como ejemplo de conducta, fidelidad y doctrina.

     El Señor había explicado claramente cómo NO QUERIA QUE FUESEN las cosas entre sus discípulos (Lc. 22:25-27). Enseñó que en las congregaciones de sus discípulos, las iglesias, no se pueden reproducir los modelos de las monarquías, ni de los gobernantes de las naciones: Unos pocos encima mandando y pueblos llanos a obedecerles. El modelo otorga a todos los redimidos el mismo grado de sacerdocio (1Pd. 2:9), y asimismo cuenta ya con un único Sumo sacerdote, que no es otro sino el mismo Señor Jesucristo (Hb. 7:26-28).

     Seguro que, amigo lector, como muchos a lo largo de estos casi 20 siglos, podrás aducir un buen numero de razones razonables para defender el modelo de Diótrefes, que es el de los monarcas y gobernantes del mundo, pero piensa que entonces te verás obligado a reconocer que o Jesús no las tuvo en cuenta, ó si las tuvo las desestimó. Lo único cierto y claro es que quienes siguen esos modelos, ya sea desde la posición jerárquica de los que gobiernan, ó desde la base de los que aceptan ser gobernados, no obedecen ni siguen las precisas instrucciones de Jesucristo y, como hemos visto, tampoco los modelos apostólicos. Diótrefes quería ser el mayor y se impuso sobre la iglesia. Pero Jesús enseñó que el mayor es el que actúa como si fuera el más joven; que en las iglesias de Cristo tienen autoridad los que obedecen a la congregación y no los que se elevan sobre ella. Y que el que va delante, es aquel que está como siervo al mandado de todos. Para que no quedasen dudas del modelo de Jesucristo, propuso a sus oyentes un ejemplo cotidiano: los que se sientan a la mesa y los siervos que están para obedecer las instrucciones de los sentados, ya sea trayendo la comida ó retirando los platos, limpiando lo derramado ó volviendo a llenar la copa, cuando los que están sentados se lo ordenen.

     Ese es el modelo del siervo bienaventurado del que dijo el Señor: Lc. 12:37: “Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando (haciéndolo así); de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles.” Lc. 12:42-47: Y añadió: ¿Quién es el mayordomo fiel y prudente al cual su señor pondrá sobre su casa, para que a tiempo les dé su ración? Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así. En verdad os digo que le pondrá sobre todos sus bienes. Mas si aquel siervo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir; y comenzare a maltratar a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse, vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no espera, y a la hora que no sabe, y le castigará duramente, y le pondrá con los infieles. Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no se preparó, ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes.

     En resumen, tanto la FEREDE, como los CEA han nacido con vocación jerárquica. Asumidos desde su inicio por media docena de notables, seguidos luego por pastores y ancianos sin debate, claridad e información en las iglesias, (algunas denominaciones entraron en bloque con todas sus iglesias como si de rebaños de borregos se tratase), con el propósito de que sus fieles secundasen las iniciativas e instrucciones que “desde arriba”, desde los jerarcas de turno, que no desde el cielo, les marquen.





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